Por Marta Gálvez, ingeniera especializada en dinámica y off-road
En un mercado dominado por SUV urbanos de tracción delantera y estética aventurera, resulta paradójico que estemos viviendo un regreso del todoterreno genuino. Modelos como el Land Rover Defender, el Toyota Land Cruiser o el Ford Bronco han demostrado que aún existe demanda para vehículos concebidos con verdadera capacidad fuera del asfalto.
El éxito de estos modelos revela una tendencia interesante: el cliente premium ya no busca únicamente estatus, sino autenticidad. Quiere un vehículo que pueda enfrentarse a terrenos reales, aunque en el 90 % de su uso circule por asfalto. Es un fenómeno emocional, pero también cultural.
Técnicamente, estos vehículos han evolucionado enormemente. Incorporan suspensiones adaptativas, asistentes electrónicos avanzados y motores más eficientes, sin renunciar a chasis robustos ni reductoras. La electrónica ha reemplazado parte de la pericia mecánica tradicional, pero no ha diluido el espíritu 4×4.
En la era del SUV estilizado, el todoterreno auténtico ha encontrado su espacio como objeto aspiracional y herramienta versátil. Es la prueba de que la tradición, cuando se adapta sin traicionarse, sigue teniendo mercado.
