En el mundo del automóvil existen modelos que nacen con la intención de conquistar el mercado y otros que, pese a no alcanzar el éxito comercial esperado, terminan convirtiéndose en auténticos iconos. El BMW 507, presentado en 1956, pertenece a esta segunda categoría. Elegante, exclusivo y extraordinariamente bello, este roadster alemán es hoy uno de los clásicos más codiciados por coleccionistas de todo el mundo.
La historia del BMW 507 comienza en un momento delicado para la marca bávara. Tras la Segunda Guerra Mundial, BMW atravesaba una situación económica complicada. Sus grandes berlinas de lujo resultaban demasiado caras para la Europa de la posguerra y sus pequeños microcoches, como el Isetta, no podían sostener por sí solos el futuro de la compañía. En ese contexto surgió la idea de crear un deportivo exclusivo que reforzara la imagen de BMW y le permitiera competir con marcas de prestigio internacional.
El impulso inicial vino de Max Hoffman, un influyente importador de automóviles europeos en Estados Unidos que ya había ayudado a popularizar modelos de Porsche o Mercedes-Benz en el mercado americano. Hoffman estaba convencido de que BMW podía triunfar en Estados Unidos con un elegante roadster que compitiera con coches como el Mercedes-Benz 300 SL, pero a un precio algo más accesible.
Para materializar ese proyecto, BMW recurrió al talento del diseñador Albrecht von Goertz, responsable de dar forma a uno de los automóviles más bellos de la década de los cincuenta. Von Goertz creó una carrocería de líneas limpias y proporciones perfectas: un largo capó delantero, una cabina retrasada y una zaga corta que transmitía elegancia y deportividad al mismo tiempo. El resultado fue un coche que combinaba el refinamiento europeo con el espíritu de los roadsters clásicos.
Bajo el capó, el BMW 507 montaba un motor V8 de 3,2 litros derivado de las berlinas de lujo de la marca. Este propulsor desarrollaba alrededor de 150 caballos de potencia, lo que permitía al vehículo alcanzar velocidades cercanas a los 200 kilómetros por hora, una cifra muy respetable para la época. El chasis, ligero y bien equilibrado, ofrecía además una conducción precisa y deportiva.
Sin embargo, el gran problema del BMW 507 fue su precio de producción. El coche era mucho más caro de fabricar de lo que BMW había previsto inicialmente. Como consecuencia, el precio final en el mercado resultó demasiado elevado, incluso para muchos clientes estadounidenses a los que iba dirigido. El modelo terminó costando casi tanto como el exclusivo Mercedes 300 SL, lo que redujo considerablemente su atractivo comercial.
Entre 1956 y 1959 BMW fabricó únicamente 252 unidades del 507. Lejos de convertirse en el éxito internacional que la marca esperaba, el proyecto terminó generando pérdidas económicas importantes y contribuyó a la crisis financiera que BMW sufrió a finales de los años cincuenta.
Sin embargo, con el paso del tiempo el BMW 507 encontró su lugar en la historia del automóvil. Su extraordinario diseño, su rareza y su calidad de construcción lo transformaron en un objeto de culto. Hoy es uno de los clásicos más valorados en el mercado de coleccionistas, con ejemplares que han alcanzado precios millonarios en subastas internacionales.
Parte de su aura legendaria también procede de los personajes famosos que lo condujeron. Uno de los propietarios más conocidos fue Elvis Presley, que adquirió un BMW 507 mientras realizaba su servicio militar en Alemania a finales de los años cincuenta. Su unidad, restaurada décadas después por BMW, se ha convertido en una de las piezas más emblemáticas del patrimonio histórico de la marca.
Más allá de su historia comercial, el BMW 507 dejó una huella duradera en el ADN de la compañía. Su espíritu deportivo, su elegancia atemporal y su enfoque en el placer de conducción inspiraron décadas más tarde el desarrollo de modelos como el BMW Z8, presentado en el año 2000 como un homenaje moderno al legendario roadster.
Hoy el BMW 507 representa mucho más que un automóvil clásico. Es el símbolo de una época en la que el diseño, la artesanía y la pasión por el automóvil podían dar lugar a máquinas tan bellas como exclusivas. Un coche que, pese a nacer como un proyecto arriesgado, terminó convirtiéndose en uno de los roadsters más admirados de la historia del automóvil.

